Carta del Año, lema 2016

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Manila, 28 de diciembre de 2015
Envíanos, Señor, tu Espíritu de Sabiduría
para discernir nuevos caminos

LA CONFIANZA   FUERZA EN LA  FRAGILIDAD

Seguimos avanzando en el sexenio y por indicación de la última Asamblea General hemos dedicado el año pasado a profundizar y reafirmar nuestro compromiso con el estudio.

Además de las celebraciones organizadas con ocasión del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa, también en el año 2015, ha tenido lugar en Los Negrales un encuentro a nivel internacional, las Reuniones Generales, que han marcado un alto en el camino del sexenio, un momento de parada para dar gracias, evaluar, reajustar y sobre todo reorientar la vida y la misión de la Institución Teresiana hacia el futuro.

Empezamos estas reuniones queriendo reconocer el sabor de la Institución hoy, partiendo de la afirmación de la palabra de Jesús: Vosotros sois la sal de la tierra (Mt,5,13) y nos preguntamos por el sabor, el gusto que da la Institución allí donde está hoy presente, con la convicción de que el sabor de la sal no se puede medir, ni cuantificar, pero se nota, se percibe, se saborea.

La realidad de minoría, vivida como minoría profética, la hemos acogido como desafío y oportunidad a lo largo de este año y muy especialmente en las Reuniones Generales. Hemos reconocido que ser minoría no es ser insignificante, al contrario, es creer que unos pocos granos de sal, son eficaces en términos de sabor, de gusto, de transformación y de novedad.

Desde esta experiencia rica e interpelante, nos abrimos a una nueva llamada, que nos dejó como orientación la última Asamblea General: la confianza, experiencia vital en la vida de cada persona y de cada grupo.

No podemos vivir sin poner la confianza en alguien, sin sentir la confianza de los demás.

Hemos nacido y seguimos naciendo cada día como respuesta a una expresión fuerte de confianza, primero de nuestros padres, pero después y a lo largo de toda nuestra vida de las personas con las que vamos tejiendo relaciones y que nos invitan a crecer como personas, a superarnos, a desarrollar capacidades nuevas y a reconocer en el día a día nuestra propia identidad, nuestra vocación y nuestra misión.

La confianza nos permite afrontar desafíos, arriesgar caminos, abrir puertas.

Este año que deseamos vivir desde la confianza, entra providencialmente en la llamada a la misericordia que el Papa Francisco ha hecho al mundo y a la Iglesia. Porque, según sus propias palabras: siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia que es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Y nos dice más adelante: Es la manera de venir Dios a nuestro encuentro… porque abre el corazón a la esperanza de ser amados.(1)

¡Cuántas personas están en búsqueda de un lugar en donde poder ser acogidas y escuchadas en profundidad, para oír una palabra liberadora! Sabemos que en el fondo del corazón de cada hombre, de cada mujer, de cada joven, está ese espacio interior, escondido, en donde Dios reside, en donde el Espíritu nos habita. Y es ahí donde Dios escucha, habla, cura, perdona, libera. Esta es la ternura que busca mucha gente, a veces sin saberlo, y que sabemos por propia experiencia que es indispensable para ser profundamente felices.(2)

Un año vivido desde la confianza, la ternura y la misericordia es una nueva oportunidad para la misión, y un impulso para seguir abriendo nuevos caminos en un momento crítico, como diría Josefa Segovia, para ser, allí donde estemos presentes, no sólo sal sino también luz en el candelero y faro entre los acantilados del mar.(3)

1. La confianza una aventura espiritual

En nuestro caminar con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, fácilmente podemos escuchar sus interrogantes y sus búsquedas: La vida ¿tiene sentido? ¿Cómo situarnos frente al dolor, el sufrimiento y la muerte? ¿Dónde encontrar la alegría de vivir? Y mañana ¿es que habrá un mañana? ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Dónde? ¿Cómo?.

Las respuestas no pueden venir de fórmulas fáciles y repetitivas. Lo primero que se nos pide es acoger sus interrogantes, porque de alguna manera también son nuestros, y después apoyarnos en la experiencia de confianza de aquellas personas que han percibido un camino, una dirección, un sendero, un horizonte que ha dado sentido a sus vidas.

Cuando el profeta Isaías anuncia que llegará un día en el que todo valle será elevado, y los lugares accidentados se cambiarán en llanuras y en amplios valles (Is 40, 4-5) anticipa lo que va a llegar porque cree en la promesa de Dios y mira el presente a la luz de un futuro en el que pone su confianza.

El profeta nos invita a convertir el futuro en un proyecto que movilice nuestro presente.

Cuando María escucha las palabras de Gabriel: Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin, acoge el futuro, no le cierra las puertas, sólo hace una pregunta: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc,1,32-34).

Tantas veces podemos hacernos preguntas semejantes: ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede una virgen dar a luz un niño? ¿Cómo puede una mujer de un insignificante lugar del Imperio Romano dar a luz al Salvador? ¿Cómo podría haber sospechado que la historia de ese pueblo contenía una semilla de tan gran futuro?

La confianza como acto humano, la capacidad de confiar en algo y sobre todo en alguien, la posibilidad de abandonarse, ayuda a mirar hacia adelante y abre nuevos horizontes.

La confianza no es una huida de la realidad. Al contrario, es una invitación a mirar el hoy con mirada de futuro. La confianza no es estática, es dinámica, se desplaza, intenta nuevos caminos, no se conforma con el mundo presente tal como es. La confianza intuye un mundo nuevo que como creyentes sabemos que se arraiga en la promesa del Resucitado.

En cada persona humana hay una vida interior, en la que se mezclan la luz y las tinieblas, la alegría y las penas, la confianza y las dudas. Esta vida interior, no procede de nosotros, es la expresión de la atención amorosa de Dios, el Dios vivo que habita en nosotros. Desde Él siempre hay aperturas posibles para avanzar hacia la luz, el amor, y la esperanza.(4)

Cuando experimentamos la fuerza del amor y de la amistad, la belleza de la creación y la creatividad humana, la confianza se arraiga, se hace vital, crece, se desarrolla, se manifiesta y por eso se hace creíble. La confianza auténtica no puede abstraerse de la realidad, porque la necesita, se apoya en ella y al mismo tiempo la trasciende.

En estos tiempos en los que nos sentimos fragilizados por las rupturas, las separaciones, los duelos, los cambios inesperados y rápidos en la vida familiar, profesional, relacional, social, necesitamos más que nunca rostros concretos de personas que con su presencia, su palabra o sus gestos, digan que es posible mirar hacia adelante, que la vida es más fuerte que las experiencias vividas, que podemos avanzar con la certeza de que alguien nos tiende una mano. Josefa Segovia decía:

La virtud del que está lleno de esperanza, de aquel que todo lo puede en quien le conforta, ha de ser forzosamente como las hojas de los árboles que crecen junto al arroyo: suave, tersa, abundante y que defienda con su sombra a los que pasen cerca fatigados y sudorosos del sol abrasador.(5)

Para nosotros, como creyentes, la fe en el Resucitado no borra las contradicciones, ni las dudas, ni las preguntas sin sentido, pero nos dispone a mirar la vida de otra manera, con la mirada de Aquel que es fuente y horizonte de sentido y de esperanza. Yo sé -dirá Pablo a Timoteo- en quien he puesto mi confianza. (2Tm 1,12)

La duda, la tentación de ausencia de sentido y de horizonte, forman parte de la experiencia de fe. Al mismo tiempo, sin ellas, la fe se convertiría en un saber, en algo racional que podríamos de alguna manera dominar. La fe, gracias a la experiencia de la duda, de la “noche”, de la búsqueda, se hace humilde, confiante, se hace súplica y oración.(6)

La experiencia más radical de la confianza que podemos vivir los cristianos es reconocer que el rostro de Dios, manifestado en Jesús, es el rostro de alguien en quien podemos poner nuestra confianza, porque su vida, su hacer y su actuar, es creíble hoy como lo fue en su tiempo. Los que vivieron con Él le vieron amar hasta el extremo, con un amor del que nada ni nadie pudo hacerle dudar. Amaba a los amigos, y también a los enemigos. Por eso su manera de amar nos hacía entrever algo de la eternidad, del para siempre, de un amor definitivo, del amor de Dios, a quien Jesús no dudaba en llamar Padre.

También a nosotros el encuentro con el Jesús de los Evangelios nos invita a salir de nosotros mismos para ofrecer y abrir espacios de confianza y de libertad, espacios en los que cualquier persona, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, puedan sentirse acogidos desde la seguridad del amor y de la comprensión. Espacios de acogida donde a la manera de Jesús nadie se sienta encerrado en su pasado. Al contrario: abierto a un futuro que está por venir, donde la compasión y la misericordia, la ternura y la confianza, manifiesten la fuerza de la dignidad de cada persona, de cada cultura y de cada experiencia humana.

Para Jesús, nada está definitivamente perdido, nadie está encerrado en el fracaso ni en el sin sentido, porque siempre está dispuesto a favorecer y crear espacios de vida y de perdón. Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más. (Jn 8, 10-11)

El Papa Francisco hablando del Jubileo de la Misericordia nos invita a salir y cruzar las fronteras del miedo que tanto pueden paralizarnos a nivel personal, familiar, asociativo e institucional:

Os invito a abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con tanta frecuencia crea dramáticamente el mundo moderno. ¡Cuántas situaciones de precariedad y de sufrimiento existen en el mundo hoy! (…) No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye (…) Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia.(7)

La gran poetisa rusa Ana Ajmátova también nos interpela para estar allí donde tanta gente nos espera:

No, no estaba bajo un ajeno firmamento,
ni bajo el amparo de unas ajenas alas.
Estaba con mi pueblo.
Allí donde mi pueblo, por desgracia, estaba.(8)

Y Monseñor Romero, en su diario personal, decía: Hay llamadas del amor que todavía no he interiorizado.

En la Cruz, Jesucristo revela el rostro de un Dios que habiendo sido abandonado, juzgado y condenado, no abandona, no juzga, no condena, sino que ama hasta el extremo, ama incluso a aquellos que le crucifican.(9)

Son testimonios, invitaciones que nos indican cómo entrar en el deseo de Dios sobre nosotros, cómo estar a la escucha de un Dios paciente y misericordioso que continuamente llama y espera, impulsa y envía, poniéndonos deseos nuevos en el corazón, con la certeza de que podremos llevarlos adelante desde Él y con Él.

En estos tiempos en los que en nuestro vivir cotidiano encontramos hombres y mujeres que dan sentido a sus vidas desde diversas convicciones religiosas, también el Papa Francisco nos invita a salir a su encuentro con confianza y apertura de corazón:

Que este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; que nos haga más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor; que elimine toda forma de cerrazón y de desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación.(10)

Y Santa Teresa a la que nos hemos acercado muy especialmente en este año, nos hace en el Libro de la Vida esta invitación:

Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, podremos llegar adelante con su favor. Quiere Su Majestad y es amigo de ánimas animosas, como vayan con humildad y confianza en Dios. Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas.(11)

El rostro de Dios que Teresa ha descubierto, y que quiere mostrar a los demás, es el de un Dios que la mira con amor, con amistad, con misericordia, con confianza. No se trata de temer, sino de desear.(12)

2. La ternura de los diversos rostros de la confianza

En ese pondré mis ojos… (Is 66,2)

La confianza como aventura espiritual, crece mirando a aquellos testigos que apoyándose en la mirada de Jesús, son hoy, de manera diversa y complementaria, una referencia de sentido.

Cuando esta confianza está viva, precede a la acción y hace que la visión del mundo se torne evangélica. Muchas personas buscan ser levadura de confianza entre los pueblos y aspiran a curar los desgarrones entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste, levantándose entre los seres humanos como signos de lo inesperado.

En este año de la confianza, vayamos al encuentro de mujeres y hombres cuyas vidas han quedado profundamente marcadas por el encuentro con Jesús, o por otras experiencias de trascendencia, y nos muestran que desde ahí han podido crecer en confianza. Ampliemos la mirada y, haciendo nuestra la llamada del Papa Francisco, reconozcamos diversos rostros de la confianza en personas que desde cualquier convicción religiosa puedan ser hoy para nosotros una invitación a creer, a confiar, a amar.

Pensemos en Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Pedro Poveda, Josefa Segovia, Victoria Díez, Etty Hillesum, Dietrich Bonhoeffer, Josephine Bakhita, Pedro To Rot, Gandhi, Madeleine Delbrêl, Oscar Romero, Elisa Giambelluca, Madre Teresa, los monjes de Thibirine, Frère Roger…

Diversidad de rostros, lista inacabada, que cada persona, y cada realidad local, puede y debe completar, porque se trata de reconocer rostros encarnados en culturas muy distintas, testigos del Resucitado, compañeros de camino que nos muestran con sus vidas la fuerza de un ideal y que por ello nos hacen crecer en la confianza. Hombres y mujeres que nos dicen hacia dónde mirar, no lo que tenemos que ver.

Su humanidad y en muchos casos su fe, les ha hecho grandes, cada persona con sus dones, con su vida apasionada y desafiante, con sus capacidades para ser plenamente humanos y plenamente de Dios. No se trata de querer copiarlos pero sí de ver cómo su confianza en el Dios de Jesús ha transformado sus vidas.

Han tenido, como nosotros, defectos, limitaciones; pero todos han encontrado la fuente de la confianza en la oración, y muy especialmente aquellos que han conocido la duda, la confusión, la incertidumbre, y hasta la noche oscura. Su fuerza ha estado en la amistad con Jesús que les ha hecho libres y les ha llevado a donde humanamente no podían haberse imaginado.

Han experimentado que la confianza en el Dios de Jesús, da una mirada nueva hacia la realidad, hacia los demás, hacia el futuro, hacia nosotros mismos; mirada de gratitud, de esperanza, de reconocimiento en la presencia discreta pero activa del Resucitado que nos dice una vez más: No tengáis miedo (Mt 8,26).

Todos conocemos los desiertos del miedo. Pero, donde quiera que estemos, la confianza en el Dios de Jesús, nos puede liberar del miedo y de la muerte y hacernos crecer en humildad y en humanidad.

También en nuestras familias y lugares de trabajo, en nuestro vivir cotidiano, puede ser muy sanador cultivar una nueva y profunda mirada de ternura y de misericordia hacia cada persona. El saber reconocer el bien que aporta cada uno, el saber elogiar, valorar… es movilizador, crea fidelidad y estimula positivamente a la acción. Mirar las personas desde la mirada de Dios nos permitirá ampliar con gratitud y profunda admiración esa lista inacabada de los rostros de la confianza que os invito a completar.

La realidad de cada día, a veces, nos pide dar el primer paso para crear confianza entre personas, pueblos y culturas a través de signos de acogida recíproca. En esta época en la que tantas puertas se cierran y en la que múltiples iniciativas han fracasado, osemos dar pasos de acogida hacia aquellos que provienen de otros lugares, pertenecen a otros grupos, tienen otras convicciones, otra manera de pensar, de vivir, de creer, sencillamente otra manera de ser.

Acabamos un año especialmente fuerte en cuanto a la realidad de tantos hombres y mujeres, niños y adolescentes que han dejado sus tierras en condiciones inimaginables, para encontrar lugares en los que poder llevar una vida digna, espacios en los que educar y formar a sus generaciones más jóvenes. Ellos son también, en un mundo diferente al que han dejado atrás, rostros de la confianza, y os invito a mirarlos con ternura. Veámoslos como personas que son, miremos sus caras y escuchemos sus historias, tratando de responder lo mejor que podamos a su situación, ha dicho el Papa Francisco.(13)

No podemos ser insensibles, como no lo fue Dios cuando vio la opresión de su pueblo. Entremos creativamente en relación con grupos y asociaciones que buscan respuestas adecuadas y gestos oportunos, porque la indiferencia es una negación del amor. Abramos espacios de discernimiento en nuestras comunidades y grupos para avanzar en decisiones proféticas y posibles como expresión de comunión y de compromiso humano y cristiano.

Nuestro mundo globalizado necesita testigos de una nueva comprensión de Dios, en donde las notas dominantes sean la ternura y la misericordia. Quiero estar entre ustedes como misionero de la misericordia, de la ternura de Dios, dijo el Papa Francisco en su visita a Cuba.

Debemos aprender a vivir juntos siendo diferentes. Si no lo hacemos en estos momentos de la historia ¿cuándo lo haremos? Pero sin crear guetos, sin “tolerar”, sino parándonos a escuchar y a ofrecer lo mejor de lo que sabemos y podemos dar; y también recibir, intercambiar, porque cada uno somos una riqueza para el otro.

La interpelación de Pedro Poveda en 1912, en los primeros años de las Academias,(14) puede ayudarnos a discernir las respuestas adecuadas hoy. En aquellos momentos se preguntaba: ¿Tienen nuestras academias fisonomía propia y peculiar? ¿Deben tenerla? ¿Cuál debe ser?(15) Quizá hoy debamos preguntarnos: ¿Tienen nuestros gestos, nuestras respuestas, nuestras actitudes, nuestros proyectos, fisonomía propia? ¿Deben tenerla? ¿Cuál debe ser?.

Muchos consideran que no podemos influir, porque la tentación de la impotencia es grande. Pero una vida interior sostenida por la contemplación, la reconciliación, la sencillez, el perdón y la solidaridad, puede abrir caminos creativos y encontrar expresiones nuevas a la justicia y a la paz.

Para Pedro Poveda la audacia al estilo de Santa Teresa, en los años complicados y revueltos de la España de 1929, es un signo de confianza que desea y propone a sus colaboradores:

‘…no entendamos cosa en que se sirve más al Señor, que no presumamos salir con ella con su favor. Este debería ser vuestro programa, y es el que demandan los tiempos presentes y las necesidades de la sociedad actual.(16)

3. Atravesar la fragilidad

El árbol plantado junto al agua, no teme que llegue el
calor y sus hojas están siempre verdes (Jer 17, 8)

La experiencia de la fragilidad nos concierne muy directamente desde el primer momento de nuestra existencia. Somos seres vulnerables. Y quizá nos esforzamos durante toda nuestra vida en vencer la fragilidad, porque creemos que el ideal es ser fuertes, retrasar la muerte, evitar la enfermedad, y de alguna manera la ciencia y la técnica nos hacen creer que todo se puede reparar, reemplazar, cambiar.

Sin embargo, la fragilidad es connatural a nuestra condición humana, y juega un papel muy importante en nuestra propia humanización. El no saber todo, el no poder controlar ni dominar todo, es una buena noticia, porque nos impulsa a crear relación, solidaridad, complementariedad y comunión en la diversidad. De nuestra fragilidad deriva nuestra capacidad para entrar en relación con los demás. Si no fuéramos vulnerables, no podríamos desarrollar la capacidad de hacer algo juntos, de aceptar que nos necesitamos unos a otros.

Una experiencia fuerte de fragilidad es la que sentimos ante la presencia del que es extranjero, diferente y radicalmente otro. Esta realidad, que hoy es cotidiana, muestra otra faceta de la fragilidad: la del miedo de no saber cómo situarnos ante la alteridad del otro. Fácilmente olvidamos que, precisamente cuando arriesgamos el encuentro, la relación y la amistad con aquel que es diferente, somos reconocidos como sujetos, como personas. La experiencia de la confianza nos hace sentir la fuerza en la fragilidad.

Si leemos con atención las Bienaventuranzas, vemos que cada fragilidad es en realidad una fuerza. Cada bienaventuranza expresa la alegría de descubrir que adoptando ciertas actitudes, nuestra existencia humana, con toda su fragilidad, puede ser una obra de arte que encuentra su plenitud en Dios. La pobreza de espíritu, la dulzura, el hambre y la sed de justicia, la misericordia, la paz, son situaciones concretas en las que podemos descubrir la felicidad de amar y servir a los demás, y de abrir un futuro a la esperanza.

Atravesar la fragilidad, es decir, reconocerla y asumirla, nos acerca a la experiencia del Resucitado. Cuando mirando a Cristo, Crucificado y Señor, aprendemos de Él la aceptación de la realidad y la gratuidad del amor, podemos ser fuente de sentido para otros porque la experiencia nos ha humanizado y transfigurado.

Atravesar la fragilidad nos hace sentirnos cerca de la experiencia del pueblo de Israel cuando en su larga marcha por el desierto acogió la promesa y recibió la alianza. En Abraham la experiencia de la promesa se hizo invitación a ponerse en camino, a salir y a dejar su tierra. Muchas veces una promesa es del orden de la utopía, invita a soñar y a mirar hacia el futuro. Invita a ir lejos, a cruzar fronteras, a ir hacia lo desconocido. Abraham se atrevió a ponerse en camino hacia una tierra desconocida pero fértil, para encontrar signos de vida, y de vida en abundancia.

Atravesar la fragilidad es también del orden de la alianza. Como la que Dios hace con Noé después del Diluvio. Alianza que nace de una promesa: Dios promete que nunca más destruirá la tierra con un diluvio, y hace a la persona humana responsable con Él de la creación. La promesa y la alianza nos hacen creadores y co-creadores de un futuro que está por llegar, por realizar, por construir; manifiestan también la fragilidad aceptada, asumida, reconocida. Y, al mismo tiempo, engendran confianza como actitud espiritual.

No se trata de hacer el elogio de la fragilidad por ella misma, sino de valorar lo que ella revela de nuestra experiencia humana, y de la acción de Dios en nosotros, lo que permite, lo que engendra. La fragilidad no es un bien en sí mismo, es condición para engendrar algo diferente, diverso. Quizá algo radicalmente nuevo, porque es dado por Dios.

El ciego Bartimeo (Mc 10, 46-52), está sentado al borde del camino, la vida desborda a su alrededor, pero en su propia vida no pasa nada. Ni puede ver la luz del día ni alegrarse por su propia existencia. Pero le han dicho que Jesús va a pasar, y no quiere fallar a este encuentro. Un grito sale de lo más profundo de su ser: Ten piedad de mí. Jesús le llama y le invita a formular su deseo, su búsqueda, a salir de la tristeza y de la noche: ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Qué deseas? La luz que devuelve la vista a Bartimeo es la misma que surgirá del sepulcro en la mañana de Pascua. Ese día Bartimeo ha encontrado de nuevo el camino de la confianza.

Hoy también Jesús nos sale al borde del camino, allí donde estamos cada uno de nosotros.

Nos interpela, nos interroga sobre el sentido de nuestras propias vidas y nos invita a caminar y a buscar, desde Él y con Él, la plenitud de nuestra propia humanización, la plenitud de una vida vivida desde la confianza.

3.1 El desafío dela fragilidad institucional

La experiencia de la fragilidad puede tener también un rostro comunitario, asociativo e institucional.

En la carta del año 2015, al reflexionar sobre el estudio y el desarrollo de la Obra, nos invitábamos a tomar conciencia de que somos un pueblo pequeño, una minoría. Y afrontábamos un gran desafío, haciéndonos una pregunta de fondo: ¿Cómo ser en este momento eclesial e institucional una minoría profética?.(17)

En las Reuniones Generales que tuvieron lugar hace unos meses, también hemos compartido con las personas que venían de todos los lugares en los que está hoy presente la Institución Teresiana, elementos de la realidad actual que nos permiten mirar la fragilidad institucional como una nueva oportunidad. Aceptarla es rechazar la tentación de una postura dominante para poder entrar en una experiencia de verdad, de humildad, de libertad y de encarnación.

El tiempo que vivimos, con sus luces y sus sombras, con los signos de vida que reconocemos y también con la fragilidad que experimentamos en nuestras personas, presencias y realidades institucionales, es oportunidad de gracia… Esto no ahorra oscuridades y perplejidades, no evita las preguntas molestas, pero otorga una confianza que es capaz de atravesar el espesor de la historia porque estamos profundamente convencidos de que Dios está en el momento presente con todas sus ambigüedades, con todas sus luces y todas sus sombras. Dios emerge y se hace presente allí donde menos esperamos como manantial que sacia la sed y transforma el desierto en vergel. ¿Tendremos el suficiente coraje de ser testigos los unos para los otros del Dios-con-nosotros en lo concreto de cada día?.(18)

La figura de Josefa Segovia es una referencia para abrir caminos a la confianza en momentos especialmente desafiantes. Porque la fe tomó en ella el matiz de una ilimitada confianza.

Recuerdo mi aturdimiento y agobio cuando empecé a darme cuenta de la transcendencia y amplitud de la Obra, y recuerdo también que junto a mi nada y miseria vi tan cerca a Dios, lo vi tan interesado en la empresa, que entonces olvidándome de mí, comencé a ejercitarme en la confianza… Me compenetré tanto con ella, que ahora, venga lo que viniere, sobrevenga lo que sobreviniere, yo tengo mi esperanza segura, mi confianza firme”.(19)

¿Cómo atravesar la fragilidad institucional en este momento histórico?

Con el estilo y la manera como Pedro Poveda vivió su propio momento histórico: desde la clave de la encarnación. Es decir, desde la invitación a reconocer la realidad como lugar donde Dios nos espera y nos sale al encuentro.

En estos momentos, que son los nuestros, la espiritualidad de encarnación nos desafía a mirar la realidad conscientemente, y acogerla como un nuevo kairós, una oportunidad, un momento favorable. El kairós en la Biblia es promesa de novedad, momento de revelación y de verdad.

3.2 Mirar nuestra realidad personal e institucional como un nuevo Pentecostés

Pentecostés es la plenitud de la Pascua, es don y fruto del Espíritu. Celebra lo que ya se ha realizado en Jesús, y lo que todavía, en nuestra vida encarnada, está por llegar, la dimensión universal del anuncio del Reino y el triunfo definitivo de la vida en el Resucitado. Pentecostés es al mismo tiempo celebración e invocación, acción de gracias y súplica.

En Pentecostés los discípulos reciben la capacidad de comunicar las acciones de Dios en las lenguas de la humanidad. De esta manera la Iglesia puede acercarse a cada ser humano en su propia cultura, en su propio lenguaje, en su realidad más cotidiana y encarnada. No impone nada; abre, libera, envía. El Espíritu está en el origen de toda misión.

La actual coyuntura institucional nos invita a trenzar de manera más fuerte la comunión en la diversidad para ser testigos de Cristo y su evangelio, con un carisma propio, entre los hombres y mujeres cuyas vidas están profundamente arraigadas en sus culturas…

Es un momento para seguir ahondando en las nuevas expresiones culturales para el carisma, que a su vez contribuyen a transformar las culturas donde se inserta. El carisma trasciende las culturas y necesita expresiones cambiantes para permanecer más allá de las limitaciones de tiempo-espacio…(20)

Desde ahí surgen preguntas que os invito a profundizar para buscar respuestas adecuadas:

¿Qué nuevas expresiones del carisma vemos hoy necesarias?
¿Qué relecturas debemos hacer en los distintos contextos sobre el carisma, sobre la tradición espiritual de Pedro Poveda, sobre la pertenencia y los compromisos?
Son preguntas que piden espacios de reflexión, de discernimiento y de acción; de estudio y de contraste, que podéis retomar en vuestros grupos, agrupaciones y asociaciones, con la seguridad de que el Espíritu tiene la capacidad de articular persona y comunidad, todos y cada uno, obediencia y creatividad, fidelidad y cambio.

3.3 Acoger la realidad como promesa de nueva creación

El dinamismo de la Encarnación nos invita a acoger la realidad como es. Es decir, no evitar ni eludir las realidades difíciles, ambivalentes, ni las situaciones que puedan parecernos insolubles. Debemos ayudarnos a clarificar y a distinguir. Démonos medios para mantener una mirada lúcida, una visión actualizada y buenos instrumentos de análisis. Hagamos una lectura de la realidad profundamente evangélica, y, como decía anteriormente, del orden de la promesa y de la alianza de Dios con nuestro mundo.

Desde esa mirada evangélica a la realidad hay una promesa de nueva creación que nos impulsa a abrir puertas y ventanas para ensanchar el espacio de la tienda (Is 54,2). La gran tentación del narcisismo actual encierra y vuelve estéril la vida de personas y grupos. Hoy la Institución necesita ensanchar el espacio de la tienda. Es decir: mirar hacia fuera, ir a las periferias, no olvidar que para los otros es para los que nos ha dado Dios la vocación.

Construir el futuro implica movilizar colaboraciones, reconocer nuevas expresiones de pertenencia, valorar el lugar, el modo y la manera como cada persona siente suyo el carisma de Pedro Poveda. Esto nos obliga a cambiar de perspectiva para que los procesos con los que acompañamos a las personas y sobre todo a las generaciones más jóvenes, sean abiertos, flexibles e inclusivos. Es cuestión de fondo, de perspectiva, de cultura y de estructura.

Hemos vivido procesos muy lineales. Hoy debemos ofrecer procesos abiertos y circulares, donde quepan muchos puntos de entrada y muchos puntos de salida. Donde, fortaleciendo una permanencia y pertenencia nacida desde la profunda experiencia del encuentro y amistad con Jesús y el compromiso con los valores del carimas, los procesos sean más flexibles y adaptables; los itinerarios puedan sean diversificados y responder así a las diferentes necesidades, inquietudes, búsquedas y sensibilidades de todos, pero muy especialmente de los jóvenes.(21)

“Ensanchar el espacio de la tienda” pide ofrecer procesos inclusivos, donde caben todos, sin exigir el mismo nivel de profundidad o de compromiso, donde personas atraídas por el carisma de Poveda sientan de verdad que pueden colaborar de maneras diversas, formando parte de la misma familia y con distinto grado de vinculación.

Resultan especialmente significativas unas palabras de Poveda cuando realiza las primeras invitaciones a la colaboración y al compromiso conjunto. Dice él:

“Las colectividades, como los individuos, tienen su momento, su época crítica en la historia, y esta suele ser decisiva para la futura suerte de la colectividad misma (…) Todos debemos tomar parte de esta obra redentora; a todos debe preocupar la acertada solución del problema; sobre todos pesa la obligación de contribuir con lo que puedan a la salvación del prójimo; pero hay en el campo lugar para todos, puesto para cada uno, y esfera de acción donde moverse…”.(22)

Podemos aquí hacernos una pregunta desafiante: ¿Qué nuevas maneras de integración a la Obra podríamos pensar para aquellas personas, jóvenes y adultos, que sienten como suyo el carisma y la espiritualidad de Pedro Poveda?.

La realidad de fragilidad asumida, es el lugar teológico desde donde Dios ha hecho, hace y seguirá haciendo grandes cosas. Este es el verdadero rostro de la confianza. Una confianza que no olvida la realidad sino que la integra; una confianza que no es infantil sino filial; una confianza que es deseo, súplica, y que va dando la mano a tantas y tantas personas que necesitan testigos de una esperanza encarnada para poder encontrar sentido a sus propias vidas.

Hemos entendido, que el único fundamento sobre el cual habíamos de levantar este magnífico edificio espiritual es Jesucristo, y porque así pensamos, ni nos desalienta la falta de medios materiales, ni el escaso número, ni la humildad de las pocas que para llevar a fin esta empresa nos reunimos. Nuestra confianza está en Jesús, y nuestro lema es repetir con San Pablo: Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?.(23)

4. La confianza, creatividad y esperanza

para cruzar fronteras y desafiar límites
En época de sequía no se angustia, nunca deja de dar fruto (Jer 17,8)

El pasaje bíblico del joven rico (Mt 19, 16-22) me resulta sugerente para seguir avanzando y profundizando en la llamada a la confianza que estamos queriendo acoger. Una vez más encontramos a Jesús en diálogo, en conversación, en actitud de caminante. La pregunta del joven es directa: ¿qué he de hacer? Jesús contesta, pero deja una ventana abierta, le invita a ir más lejos. Lo importante no es cumplir la ley, la norma. Lo esencial es desde qué actitud acogemos la palabra y la ponemos en práctica.

La palabra de Jesús es una palabra de amor dirigida al joven, una palabra concreta y en un momento preciso de su historia. El tiempo del encuentro con Dios es siempre en el presente. Consentir a esa palabra es abrirse a la confianza. Cuando la palabra produce un vuelco y nos da la fuerza de la conversión, cuando nos empuja a salir de nosotros mismos para permitir a Dios entrar en nuestras vidas, es el tiempo del Espíritu que nos recrea, nos hace nacer de lo alto, quizá siendo ya viejos como Nicodemo (Jn 3,4), pero sabiendo que no hay peor envejecimiento que el pecado del orgullo y del egoísmo.

Lo que cuenta es la disposición del corazón, la intensidad del deseo, la profundidad de la escucha, la verdad de la vida. Es suficiente una sola palabra para alcanzar lo más íntimo de nuestro ser, para que el Señor nos renueve y nos cambie el corazón. El joven rico ha recibido una llamada a una segunda conversión. Un salto cualitativo. Dejar los miedos, las resistencias, para dejarse guiar hacia un modo nuevo de ser y de vivir. Él se volvió triste, porque tenía muchos bienes (Mt 19,22) nos dice el evangelio.

Nosotros también estamos en ese momento, en ese presente de un encuentro con Dios que nos pide entrar en caminos de confianza para desarrollar una nueva creatividad. Como el joven rico necesitamos desprendernos del ego, personal e institucional, para ir más allá, entrar en lo desconocido, lo cambiante, dejar los caminos de siempre, conocidos y seguros para preguntarnos: ¿Dónde nos necesita hoy la gente? ¿Dónde nos invita el mundo de hoy para dar respuestas nuevas, para atrevernos a una experiencia de novedad y de creatividad, desde la confianza?

De alguna manera siento este momento de la Institución como lo que debió de sentir Josefa Segovia en los años de la expansión de la Obra. Ella arriesgó. Confió plenamente en las personas y las envió a abrir nuevos caminos. Su espíritu y su deseo de ampliar la presencia de la Institución en lugares nuevos, puede ayudarnos a mirar de otra manera el momento actual de la Institución y su proyección hacia el futuro.

Las últimas Asambleas nos han pedido revisar presencias y así lo hemos ido haciendo, para discernir dónde estamos y cómo estamos presentes. Han sido años muy exigentes, que han pedido mucha colaboración por parte de las personas implicadas en los diferentes proyectos de misión y que han permitido clarificar obras, presencias, preparar colaboradores, siempre desde el deseo de una mayor calidad y oportunidad de presencia.

La pregunta que podemos hacernos en estos momentos va más lejos, o mejor dicho, nos la planteamos de otra manera: ¿Estamos donde debemos estar? ¿La Institución en sus respuestas actuales, no estará demasiado estática? ¿Cómo arriesgar nuevas presencias en nuevas culturas, en nuevas realidades? ¿Nos atreveremos a cruzar nuevas fronteras?.

En las Reuniones Generales tuvimos dos intervenciones24 muy interesantes y una de las interpelaciones que nos hicieron era la de preguntarnos de manera valiente y atrevida: La Institución hoy, ¿está donde debe estar mirando a los signos de los tiempos? ¿Ofrece a la sociedad y a la Iglesia experiencias coherentes con el carisma fundacional y que al mismo tiempo den respuestas a las llamadas de hoy?.

La tentación que nos puede venir enseguida es reducir todo a la cantidad, pero esa no es la medida evangélica. Lo que está en juego es la calidad, el por qué, el cómo y el para qué. Y como decíamos anteriormente, el ensanchar la tienda también de una manera nueva y profética.

Cuando en el curso 1926-1927 Josefa Segovia redacta la memoria, escribe:

Cuando un organismo está pletórico de vida se hace difícil sintetizar en una ficha o en un gráfico sus manifestaciones de vitalidad, pues la vida es movimiento, actividad, energía, y va más ligera que los números y se escapa a toda estadística por minuciosa que sea”.(25)

Y presenta unas cifras que pueden resultarnos interesantes: 696 miembros de la IT en los que hay 204 de la Asociación Primaria, 205 de ACIT y 287 Antiguas Alumnas, que hoy llamaríamos del Movimiento de la Institución Teresiana, es decir del MIT. ¿Presentamos hoy así la Institución?.

Para Josefa Segovia, como para Pedro Poveda, lo importante era la creatividad y la disponibilidad para dar respuesta a las solicitaciones requeridas a la Institución en cada momento.

En el año 1924, momento de crecimiento de la Obra, también Pedro Poveda lo vive desde una gran confianza y escribe con humor a Josefa Segovia:

El orden en que se harán las fundaciones será el que Dios quiera. Cuando yo fui a Jaén no tenía Directora para aquel internado y Dios me dio una superior, ¿la conoces? En un curso no están mal dos fundaciones, pero no es cosa rara, ya lo hicimos otras veces y ahora hay que hacer más.(26)

En esos momentos y durante toda su vida Pedro Poveda abrió caminos, empujó puertas aparentemente cerradas, creó formas nuevas con y para los laicos. Dio prioridad a formar a las personas que se acercaban a colaborar en la Obra teresiana. Y, al mismo tiempo, organizaba fuerzas, es decir, buscaba medios para que la acción evangelizadora de la Institución diera fruto y fruto en abundancia en respuesta a los signos de su tiempo.

Este segundo centenario puede ser la oportunidad de un kairós, de un cambio de paradigma, una experiencia de nueva sabiduría y de una confianza sin límites. ¡Cuántas veces decimos entre nosotros que no tenemos recursos, que sentimos con fuerza los límites! Sentirnos limitados nos hace sentirnos pobres, y nos abre a la confianza, porque nos recuerda la experiencia radical de la fe. El deseo no tiene límites.

Esa fue la experiencia de Josefa Segovia:

Como corresponde a la fe, así también me encuentro llena de confianza… De una parte el Señor me ha dado más luz para conocer la grandeza de la Obra, sus posibilidades… De otra parte me hace ver y sentir mi flaqueza, mi miseria y mi nada. (…) Como estoy tan segura y tengo además la experiencia de que el Señor une muy bien estas dos cosas antagónicas -grandeza de la Obra, miseria del sujeto- no me sorprende ver que la Institución crece, se consolida… y se va haciendo mucho bien… Todo se va haciendo a gusto del Señor, sin violencias, sin imposiciones.(27)

Y nosotros ¿cómo miramos la realidad de la Institución hoy? ¿Qué actitud tenemos? Los límites a los que estamos confrontados ¿nos permiten imaginar un futuro diferente? ¿Liberan en nosotros capacidades nuevas? ¿Nos movilizan o nos frenan?.

Porque cuando miramos la realidad universal de la Institución desde la mirada de Dios podemos ver multiplicidad de iniciativas que revelan la capacidad de ofrecer modos alternativos de ser y de vivir, nuevos estilos de vida atrayente, proyectos sencillos y creativos, grupos modestos y profundamente evangélicos. Hay sabor y gusto de sal.

¿Reconocemos esta realidad? ¿la conocemos? ¿la valoramos? Es una base humilde sobre la que apoyarnos desde la confianza: admitir que el Dios de la vida nos sigue dando nuevas oportunidades a la creatividad y a la capacidad de representarnos el futuro de la Institución de otra manera. De ahí la pregunta que debemos hacernos hoy y que tantas veces debieron hacerse Pedro Poveda y Josefa Segovia: ¿Qué fronteras estamos dispuestos a cruzar?.

A veces puede pasar que el miedo a perder la originalidad del carisma impida la originalidad y la creatividad de nuevas formas, de nuevas respuestas. Lo más peligroso para una asociación como la nuestra sería no sólo el no cambiar, el no buscar formas más adecuadas al hoy, sino que las personas con mayor creatividad se desalienten, porque demos la impresión de una institución inmutable, incapaz de mirar y de intuir el futuro.

Hay una actitud que el Papa Francisco subraya en su encíclica Laudato si, que puede acompañar nuestro deseo de cruzar fronteras y desafiar límites, como experiencia espiritual.

Estamos hablando de una actitud del corazón, que vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después. Jesús nos enseñaba esta actitud cuando nos invitaba a mirar los lirios del campo y las aves del cielo, o cuando, ante la presencia de un hombre inquieto, « detuvo en él su mirada, y lo amó » (Mc 10, 21). Él sí que estaba plenamente presente ante cada ser humano y ante cada criatura, y así nos mostró un camino para superar la ansiedad enfermiza que nos vuelve superficiales.(28)

Necesitamos un nuevo “ahora comienzo” para ver y experimentar que la Institución tiene capacidad de integrar personas generativas, creativas, innovadoras. Tenemos que ser capaces de poder expresar con obras, y con palabras que queremos no sólo los frutos generados por la historia ya vivida, sino nuevos árboles, nueva vida, nuevas formas.

5. La profecía de la confianza

He aquí, yo hago nuevas todas las cosas (Ap 21,5)

Cada etapa, cada momento histórico, encierra una llamada colectiva a la fidelidad y a la creatividad, y a cada miembro de la Obra nos corresponde una parte en el desarrollo del carisma, a la que no podemos renunciar, puesto que también cada uno de nosotros lo hemos recibido.

Desde la diversidad de miembros que desde muy pronto intuye Pedro Poveda, podemos y debemos asomarnos a un desarrollo evolutivo de la Institución Teresiana, que, junto con las necesidades, desafíos y posibilidades de cada hora de la historia, nos va confirmando que la Obra es “un organismo vivo alentado por el espíritu”.(29)

Debemos aventurarnos en el camino aparentemente inseguro pero profético de la confianza, siempre dispuestos a apoyar nuevas miradas, nuevos puntos de vista, sugerencias y propuestas de cambios profundos y valientes. Esto nos pide ser flexibles en la búsqueda de soluciones para que la Institución sea una asociación ligera, movible, a la escucha de los signos de los tiempos, al servicio de la vida.

Se trata de acoger la riqueza de cada persona, de cada cultura, de cada expresión asociada, de cada desarrollo del carisma, y reconocerlo como riqueza propia, como fruto de vida, como algo totalmente irrenunciable para construir la comunión. No tengamos miedo a la diversidad.

Tanto en el menú como en el ritual de la mesa, las culturas están presentes sin confundirse. Ellas no se fusionan pero se alimentan una de la otra: se intercambian recetas, costumbres, modos de hacer y de ser. Uno se deja sorprender por el “gusto del otro”. Cada sabor se vuelve una invitación al viaje, una invitación a dejar su tierra, con sus productos y aromas propios para adentrarse en otra tierra que abre nuestros sentidos a olores desconocidos dando así sal y pimienta nuevas a nuestra vida.(30)

El Papa Francisco, en la clausura del Sínodo de la Familia ha dicho: Las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general necesita inculturación (…) La inculturación no debilita los valores verdaderos, sino que muestra su verdadera fuerza y su autenticidad, porque los valores se adaptan sin mutarse, es más, trasforman pacíficamente y gradualmente las diversas culturas.(31)

Queremos mirar y construir el futuro de la Institución a partir de las encarnaciones locales de la fe y del carisma. Las búsquedas son diferentes, como deben serlo las respuestas y esa diversidad no rompe la unidad, al contrario, enriquece al conjunto y construye la comunión. Donde hay confianza, optimismo, ambición y exigencia se crean entornos motivadores en donde resulta agradable trabajar, vivir, amar, relacionarse, y en donde juntos podemos discernir y mirar el futuro con seguridad. Queremos aprender todos de todos, acoger nuevas experiencias para construir un futuro que está por venir. Es la profecía de la confianza.

Asistimos a una Obra de Dios. Todo lo demuestra. Sabemos cómo hemos comenzado; no podemos decir dónde llegaremos. Dios nos ha elegido para su Obra y no hemos sido nosotros los que hemos venido, sino Él quien nos llamó. Responsabilidad que hemos contraído al venir. Todos hemos de cooperar. Aquí no hay uno solo y los demás son comparsa, sino que cada cual tiene su sitio, su deber, su responsabilidad.(32)

Por este camino queremos avanzar en este año 2016.

En comunión con todas las personas de buena voluntad, que en este año Jubilar van a ser peregrinas de la misericordia, nos uniremos en nuestro quehacer diario con un deseo que se hace súplica:

Señor, en Ti ponemos nuestra confianza para reconocer los signos de los tiempos

MAITE URIBE