Madrid, España. El 4 de mayo de 2003 el Papa Juan Pablo II proclamaba santo al Sacerdote Pedro Poveda

Juan Pablo II proclama santo al Sacerdote Pedro Poveda

Madrid, España. El 4 de mayo de 2003 en la plaza de Colón de Madrid, convertida

en templo, el Papa Juan Pablo II proclamaba santo  a cinco beatos españoles  uno

de ellos  Pedro Poveda. San Pedro Poveda , presbítero y mártir, fundador de la

Institución Teresiana  destinada a promover la formación cristiana, que al comienzo de la persecución contra la Iglesia fue asesinado por odio a la religión, dando un claro testimonio de su fe († 1936).

 El Papa dijo de todos ellos: “tienen rostros muy concretos y su historia es bien conocida. ¿Cuál es su mensaje? Sus obras, que admiramos y por las que damos gracias a Dios, no se deben a sus fuerzas o a la sabiduría humana, sino a la acción misteriosa del Espíritu Santo”. “¡Dejaos interpelar por estos maravillosos ejemplos!”

 Pero es más que un recuerdo. Una experiencia de gracia espiritual y de estímulo eclesial para la Institución Teresiana, para sus miembros, familiares, alumnado, colaboradores,  amigos…

  La vida, la espiritualidad, el carisma inspirado a ese sacerdote y pedagogo tan familiar, se hacía universal. En estos años la figura de san Pedro Poveda se agigantó; una “acción misteriosa  del Espíritu Santo en su vida”, como señaló S.S. Juan Pablo II, lo hizo posible.

  La canonización de  San Pedro Poveda nos ofrece una nueva oportunidad para traer a la memoria y agradecer los frutos santos que, como le gustaba decir a Poveda, permiten reconocer a los hombres y mujeres de Dios, que pasan por la vida haciendo el bien. Y es oportunidad también para escuchar de nuevo hoy la llamada a la santidad y para responder con la vida. Ojalá pueda decirse de nosotros, miembros de la Institución Teresiana, que estos años han constituido un itinerario vital de la santidad que hoy necesita el mundo. “Para que libres de temor  le sirvamos en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días” (Lc. 1,75).

Poveda ofreció en su tiempo, con gran sencillez, pero con mucha verdad, audacia y capacidad de compromiso histórico, una forma de santidad laical caracterizada por la radicalidad sin fisuras en el seguimiento de Jesucristo y por la aceptación, búsqueda y compromiso con todo lo bello, bueno, justo y verdadero de las culturas y sus logros verdaderamente humanos. Una plenitud humana henchida de Dios, el único Santo (Mc 10, 17-30).

 San Pedro Poveda, sacerdote, fundador y mártir, es hoy un santo universal, patrimonio de toda la Iglesia. Su figura y su carisma son para todos, van más allá de la propia Institución que él fundó. Esto es un motivo de gran alegría para todos nosotros, porque refuerza nuestra conciencia eclesial y nos empuja al gozoso compromiso de servir y desplegar este carisma que se ha mostrado capaz de configurar vidas a la vez verdaderamente humanas y verdaderamente santas.

En estos años hemos visto con gran emoción como Pedro Poveda se hace para muchos jóvenes maestro y sobre todo testigo de la alegría de creer, seguir a Jesucristo, dejarse guiar por el Espíritu y vivir la historia buscando y poniéndose al servicio de  la realización del Reino de Dios en ella.

 Hemos visto también como hombres y mujeres de toda edad, condición y procedencia, encuentran en Poveda luz, fuerza y sabiduría para orientar la vida en coherencia con la fe en un mundo que es cada día más complejo. La figura de Poveda, a medida que la conocemos más –y durante estos años hemos podido acceder mejor a su obra escrita y ya en parte traducida a algunas lenguas- nos asombra y atrae más. Su propuesta de cristianismo es exigente y accesible a la vez, arriesgada y discreta y dialogante, activa pero no protagonista, fiel y dinámica, tolerante y clara en sus convicciones.

 Un hombre de paz que sufrió una muerte violenta, como otros seguidores del Maestro, testigos de Jesús hasta el último aliento. Confesó su fe con la vida misma. Son páginas fuertes en la historia humana, expresión firme y pacífica de que hay “algo” que vale más que la vida (tu amor vale más que la vida, Sal 63) y que hay un amor que vence a la muerte. La historia del cristianismo cuenta con estos testigos luminosos cuyo testimonio vale más que miles de palabras.

 ¿Cuáles son los rasgos personales del Padre Poveda? 

Convencido de que la fuerza del Evangelio puede transformar la realidad, se preocupa por la formación de la persona humana y promueve la educación como medio de transformación social. Su contacto con realidades de pobreza, hambre, enfermedad, paro, e injusticia, en su infancia, le lleva a luchar contra ello y a trabajar por la dignidad humana mediante la formación de las clases populares; confía en la capacidad de la juventud para transformar el mundo; reclama y promueve la presencia de la mujer en el campo de la educación, de la ciencia, de la investigación. Le preocupa la actualización pedagógica del profesorado, la asociación profesional de los maestros y su promoción social, así como su compromiso con la realidad desde su ser creyente. Humanista y pedagogo, educador de educadores, impulsor del laicado, maestro de oración, hombre de paz, audaz y solidario con los más desfavorecidos, creyó que la renovación de la educación, de la cultura y de las relaciones entre los hombres eran posibles desde la fe.
Sacrificado y paciente, manso y humilde, sencillo, afable y respetuoso, de fino sentido del humor y gran fortaleza interior. Con una entrega entusiasta a Dios, gran devoción a la Virgen, y filial amor a la Iglesia. Austero para sí y tolerante con todo excepto con el pecado. El trabajo, la oración, el estudio, el amor entregado a los demás, el hacer la voluntad de Dios, fueron constantes en su vida. Poveda es ante todo sacerdote y apóstol de Jesucristo. Y la Eucaristía, el centro de su existir. Testigo fiel, acaba dando la vida en testimonio de su fe. Su grandeza se basa en la coherencia de su vida con el Evangelio, en la intuición de los signos de su tiempo y en la radicalidad de su entrega a Dios, a los hombres y al mundo que le tocó vivir.

Fue beatificado por S.S. Juan Pablo II el 10 de octubre de 1993 y canonizado el 4 de mayo de 2003.

                                                                        Info.IT –  http://www.institucionteresiana.org