Victoria Díez: El amor no tiene precio

Fiesta de la Beata Victoria Díez:

“Ánimo compañeros que la vida puede más”

En la madrugada del 12 de agosto de 1936, Victoria Díez, la joven maestra de  Hornachuelos, recorría a  pie junto con diecisiete hombres, entre ellos el también joven párroco, Antonio Molina Ariza, los 12 kilómetros que separan el pueblo de la mina del Rincón. Eran escoltados por unos cuarenta “escopeteros”. Hacía poco menos de un mes que se había iniciado la “guerra civil”.

Aquel extenuante camino, de casi tres horas, sería el último tramo de una vida que se había entregado  de muchas maneras, especialmente a sus alumnas, convencida de que la educación hace mejor a las personas y contribuye a cambiar una sociedad todavía demasiado injusta y dividida. Era maestra del saber y maestra del espíritu; había encontrado en la Institución Teresiana su vocación de seglar comprometida con la historia de su tiempo.

Recorría ese último camino con la conciencia de seguir los pasos de su Maestro, Jesús de Nazaret. De ser “crucifijo viviente”, característica del espíritu teresiano animado por Pedro Poveda, quien había corrido igual suerte hacía apenas unas semanas, el 28 de julio. Victoria hubiera podido salvar su vida retractándose de su fe, eligió ser testigo de “Cristo Rey”, hasta el final.

Al recordar a esta maestra teresiana rural, seglar comprometida con su pueblo y su historia, rendimos homenaje a muchas otras maestras teresianas de la escuela de Poveda, que como Victoria recorrieron y recorren el camino de la vida, convencidas de que la “fe y la ciencia” hermanan bien.